Flota es una pieza escénica que ha tenido varias versiones y tendrá otras más. Ahora trabajamos en una nueva en EMPAC, un lugar muy lindo en el bosque neoyorquino, y decidimos armar un blog para ir documentando el proceso. Junto con Bergson, pensamos que algo sólo existe mientras se está transformando. Que en cuanto se estabiliza está en el pasado. Not being, but becoming.

l i n k s .

caída suspendida

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los límites invertidos

Todas las versiones anteriores de flota se hicieron sobre una pared larga, con el arnés colgado a una altura bastante modesta, de forma que, ante una pared inabarcable, los límites del movimiento eran establecidos por el tiro de la cuerda. Un reto importante estaba en forzar ese límite. Qué tanto el swing del péndulo se podía acrecentar.

En la versión que estamos trabajando ahora, se construyó una pared en el centro de la sala, que además de ser inevitablemente menos sólida que una pared de verdad, es mucho más breve. Además, la parrilla de la sala, desde la que cuelga la cuerda, está a 10 m del piso. Nunca el tiro había sido tan largo, ni la pared tan corta, de modo que los límites se han invertido.

Con un tiro tan largo, el penduleo es también mucho más largo. Llegar más lejos, en vez de ser aquello a intentar, es aquello a controlar. La cosa, de ser una cuestión de arrojo, de empuje, se convirtió en una cuestión de contención.

Al invertirse la problemática las cosas se ponen cabronas, pero se abren nuevas posibilidades. Está el recurso de usar la esquina de la pared como un elemento para la investigación. Una esquina que parece ser una cornisa a escalar. El lateral se verticaliza cuando colgada del arnés, y agarrada de la esquina, Barbara es jalada hacia el lado opuesto, por efecto de la gravedad actuando sobre el péndulo; es decir: Barbara cae hacia el lado, más que hacia abajo, cosa que nos tiene muy entusiasmados.

No está nada claro cómo éstas condiciones van a determinar las cosas, pero está claro que las están determinando y está pocamadre


silla, cachetada o vaso de agua

Lo que me intrigó de esta pieza en un principio, fue una sensación de incertidumbre. Lo que pasa como observador de flota (sentí) no pasa por la razón (por lo menos en primera instancia), sino que apela directamente a referencias mas primitivas, como la sensación de gravedad. El cuerpo del observador es el que observa, y a pesar de reposar sobre una silla, sufre la imposibilidad de mantener puntos de referencia confiables, sufre vértigo. Una cosa espeluznante pero fascinante. Partiendo de este recuerdo, me quedó clarísimo que, si bien quizá todo es significable, el foco de la pieza, lo interesante, no yace en su potencial semiótico, sino, al contrario, en su potencial sensorial, perceptual, afectivo, para usar un término de moda. Se dirige directamente a la percepción, y a través de simplísimos juegos visuales (que no trucos) la hace ponerse en duda a si misma ante nuestros propios ojos. Lo que quiero decir es que no hace falta ilusionismo para des-ubicarnos; con algo tan simple como una persona colgada en una pared, y un par de imágenes en circuito cerrado proyectando ángulos insólitos es suficiente. Ante nuestros ojos se despliega la realidad, desde varias maneras diferentes. Maneras que no tendrían por que convivir, que se anulan y repelen al mismo tiempo.

Al principio pensé que lo importante de la pieza era su capacidad de poner el foco en un problema de percepción que escapaba a lo semiótico, que te permite descansar de la intrincada red de signos que constituye nuestra realidad, porque apela a algo intuitivo más que a algo racional, pero hablando con Barbara, y dada su insistencia en lo semiótico, salió la idea de que en realidad lo que provoca esa incertidumbre, ese jaque corporal, no es la ausencia de representación, sino por el contrario, su exceso.

No es que la pieza no produzca significados, que esté libre de interpretación (como decía más arriba, eso es quizá imposible), sino que tiene un exceso de potencial semiótico; produce demasiados significados, demasiadas posibilidades de interpretación. Posibilidades que son además (esto es muy importante) INCOMPATIBLES entre si. Si una silla es al mismo tiempo un vaso de agua y una cachetada, es decir, si algo, cualquier cosa, está sobresignificado, o guarda por lo menos ese potencial, la realidad se fractura, y por un instante nos sentimos flotando fuera de referencias representativas tan fundamentales como la noción de gravedad. Como el saber que no vamos a caer hacia un lado o hacia arriba, o que si saltamos regresaremos al suelo pronto. Nociones que damos por sentadas. Que disciplinan nuestro entendimiento de la realidad y que al ser puestas en duda –por nuestra incapacidad de procesar esos estímulos contrapuestos e incompatibles–, nos llevan a un cierto escape de lo semiótico. La fractura de la interpretación, en esta pieza, no se da porque la pieza directamente escape de ella (cosa, por milésima vez, imposible) sino porque la confronta. Porque se va contra la interpretación dándole material de sobra, y es entonces que un estallido se produce. Un límite de vacuidad quizá parecido al limite esquizofrénico que Deleuze y Guattari proponen con tanto gusto.

juanfran